Hay cosas que me siguen cabreando demasiado (3). La mala educación y el poco respeto de la gente por los demás.

Cuanto más mayor me hago, más me vuelvo un escéptico social. No es que me haya caracterizado nunca por ser un modelo de extroversión, pero estas últimas semanas estoy sufriendo lo que yo denominaría una crisis empática. Me explico.

Durante toda mi vida siempre he sufrido un mal. Bueno, quizá algunos no crean que sea un defecto, pero normalmente lo suelen pensar así personas que son totalmente lo contrario y por tanto no se ven afectadas por ello. Este mal algunos lo llaman “es que es buena persona”. Yo lo llamo (me llamo), directamente, “es que es un gilipollas”. Las personas que sufrimos este mal solemos intentar siempre agradar a los demás, no crear ni incentivar conflictos, y casi nunca decimos “no” incluso a costa de realizar actos u omisiones que no nos agradan o que no nos apetecen. Esto da como resultado inevitable la aparición de personas a tu alrededor que se vuelven parásitos, vampiros de tu empatía. Y digo vampiros porque te absorben, te “chupan” (puede ser tiempo, dinero, energía, etc.) e incluso en ocasiones pueden llevarte a trastocar tu propia personalidad. A esta clase de gente yo los clasifico en dos grupos: los que lo son con plena consciencia (lo cual les valdría unos adjetivos calificativos que no voy a poner por pudor bloguero) y los que lo son sin percatarse de ello. Pero no nos engañemos, si algún culpable hay de ser una fuente de la que estos subgrupos beben es la misma persona que se deja parasitar.

Este pedazo de rollo pseudo-psicológico que acabo de soltar es una especie de disclaimer anterior a lo que quiero contar en este post. Dado que estos días estoy en una fase (que se repite temporalmente de vez en cuando, y que no suele servir de nada porque invariablemente no cambiamos este aspecto de nuestra personalidad que tanto nos incomoda) que yo denomino “de despertar”, de darse cuenta de algunas cosas que como norma general vas obviando hasta que revientas, puede que esta situación influya en lo que voy a contar seguidamente (y también en cómo lo cuento). Al final de este post también volveré a enlazar con todo esto y quedará más claro el motivo de este inciso.

Vayamos pues al grano. Se da la casualidad, por circunstancias que no vienen al caso, que desde hace un tiempo paso algunas horas a la semana en una biblioteca pública. Un lugar donde se supone que la gente viene a leer, a estudiar, y en los últimos años a usar el portátil para navegar por internet de manera gratuita a través de la wifi que suelen ofrecer estos espacios. Hasta aquí todo correcto. Coincidiréis conmigo en que todas estas actividades requieren del mayor silencio posible. Y yo, con esta personalidad (no sé si acertada o no) de siempre intentar cumplir las normas de convivencia y de respeto por los demás, tiendo a creer que todos (más o menos) son iguales en este aspecto. Y entonces es cuando vienen las sorpresas.

– Hoy, por ejemplo. Llego y busco una de las mesas reservadas para portátiles (tienen preferencia porque hay varios enchufes al lado). En dicha mesa hay 6 “puestos de trabajo”. Había 3 que estaban “marcados” por gente que no estaba (tenían una carpeta, o un libro, indicando que se encontraban ocupados). Por suerte estaba libre una silla donde más me gusta, al lado mismo de la ventana. A los pocos minutos aparece un chaval y se sienta en uno de los 3 sitios reservados, y se pone a estudiar. Poco después, aparece un elemento que se nos sienta enfrente. Y el tío se pasa más de una hora ahí sentado, ojeando el libro con desidia, pero deleitándonos cada pocos minutos con unas espectaculares sorbidas de mocos. Es más, aparte de eso también soltaba algún gemido y tosecita que otra del mismo resfriado que llevaba encima. No contento con esto, también tenía el móvil al lado pero se ve que el modo silencio no sabe ni lo que es, toda cuenta que le han enviado dos mensajes y nos hemos tenido que enterar todos de este hecho. Sí hombre sí, ya vemos que eres un chavalín muy solicitado, so cabrón. La próxima vez, mira a ver si te quedas en casa y no hace falta que vengas a compartir tus putos microbios con el resto de la gente que no te ha hecho nada. Tampoco hace falta que nos demuestres tus dotes de sorbedor y tosedor profesional, toda vez que aquí venimos a estudiar, leer o trabajar y no a oír los efectos secundarios de tu constipado.

Lo mejor del caso ha sido cuando se ha ido, con los ojos como platos veo que la carpeta que había en el asiento de su lado también era suya. El tío se ve que quería estar ancho y ha simulado que ese asiento estaba ocupado. Brutal.

– Otro caso increíble. Hace unos pocos días, yo estaba en la misma mesa, en el mismo asiento. Al poco, se me sienta un individuo delante con un portátil antediluviano, que además de hacer un ruido a avión que te puedes morir veo que estaba pegado en varios sitios con celo, de tan machacado que estaba el pobre. Instantes después de sentarse, me empieza a llegar un “agradable” olor a rancio, que después de analizarlo llegué a la conclusión de que provenía de tal espécimen de la raza humana.

Unos minutos después, aparece otro espécimen (esta vez del género femenino) y se sienta en la mesa de al lado haciendo bastante ruido. Se trata de una mujer grande, desgarbada, con el pelo recogido en una coleta y vestida de una manera un tanto peculiar. La observo rápidamente fruto de la máxima que dice que “los ojos siempre van al movimiento, sobre todo en un entorno tranquilo”. Pasan los minutos, y suena un móvil a toda castaña. Veo que la individua abre el bolso tranquilamente, saca su terminal y se pone a hablar como si estuviera en un bar (ya que vas a joder a todos los que estamos en la biblioteca, que menos que hacerlo con la voz baja).

Pero lo más bueno viene cuando la tía se gira y empieza a llamar al que tengo enfrente, diciéndole no sé que chorradas de vez en cuando a voz en grito. Anda, si resulta que se conocen. No contenta con ello, se viene a nuestra mesa, se pone al lado del individuo y empiezan a charlar sobre qué iban a hacer para comer, si macarrones o si pollo al no sé qué. Le vuelven a llamar al móvil, lo vuelve a coger y deduzco que trabaja para alguna inmobiliaria o derivado ya que la conversación giraba en torno a unos papeles que una viuda tenía que firmar para vender una casa. Cuando termina, el individuo la recrimina por hablar tan alto, después de lo cual viene una discusión de pareja, para finalizar diciéndole ella que esa noche lo iba a coger y le iba a hacer maravillas en la cama. Se ve que el tío se anima al oír estas proposiciones y, por fin, se largan.

Una vez contados estos dos casos particulares, que son todos los que están pero no están todos los que son, paso a describir de manera satírica mi visión actual de las bibliotecas y de la fauna que por ellas circula:

– No hace falta que cuando vayas a una te preocupes por poner en silencio tu portátil. Es que, para los demás, escuchar el sonido de arranque o cierre de Windows mientras leemos o estudiamos es como un orgasmo y nos ayuda a concentrarnos aún más.

– Cuanto más ruido hace un portátil, tanto más efectivo y potente es. Así que nunca pienses que, aunque tu ordenador tiene más años que Matusalén, ese sonido infernal puede molestar al resto de la gente. Cuando estamos ante alguien con esa maravilla tecnológica en sus manos, lo primero que pensamos es cuán afortunado es de tener ese gadget y cómo nos deleita los oídos las ondas sonoras que proyecta.

– Lo mismo para los móviles, nos encanta saber qué politono tienes como melodía de llamada, y por supuesto también el de los mensajes. La función de “silencio” o “reunión” no existen para ti, eres un joven ejecutivo que tiene que estar localizable al 100% y por eso te vienes a la biblioteca y la conviertes en tu despacho profesional. Además, ya que has pagado 3 sms a 1,20 euros cada uno
por bajarte la última canción de Bisbal o de Shakira, qué menos que todos sepan en qué inviertes la prestación del paro.

– Siguiendo con los móviles, el saber qué es lo que hablas con tus amigos/conocidos/familiares/compañeros de trabajo, con un volumen de voz como si estuvieras sordo, es requisito indispensable para el resto de la humanidad. No puedo ni imaginar qué sería llegar a casa, cuán deprimido me sentiría, si ese día no hubiera escuchado alguna conversación ajena en la biblioteca.

– No te puedes imaginar cómo nos maravilla tu altruismo al compartir todos tus gérmenes, microbios y bacterias con el resto cada vez que estornudas o toses. Sobre todo si lo haces continuamente. Admiramos tu abnegación por el estudio cuando resulta que estás casi con la gripe A y aún así vienes a la biblioteca a trabajar. Te mereces la medalla del mérito estudiantil.

– No te duches ni te laves. El hecho de que lo más normal es que haya alguien pegado a ti antes o después no debe ser un impedimento para que liberes tus efluvios a la naturaleza.

– La biblioteca es un lugar pensado para gente inteligente y superdotada como tú. El resto de la plebe no debería ni siquiera asomar la jeta por la puerta. Por eso es comprensible que te dediques a poner tus libros, carpetas o demás objetos personales en el puesto de al lado para hacer creer a esos inmundos que está ocupado. Así estás más ancho y tu mente puede explayarse todo lo que se merece.

– Y, claro está, un cerebro tan privilegiado como el tuyo necesita relajarse de vez en cuando, no sea que reviente de tanta información como le metes. Pero también es verdad que tener que levantarse de la silla para eso es un coñazo, así que no dudes en charlar con el colega de turno que pasa por tu lado en ese momento o está sentado cerca de ti. Los humanos normales entendemos perfectamente tus necesidades y queremos que te conviertas en un hombre de provecho. Charla todo lo que quieras, cuanto más rato y fuerte mejor.

Y ahora, por fin, ya enlazo con lo que os decía al principio de este post. En todos estos casos, la tendencia natural sería mirar a la cara al subnormal de turno (con perdón de los subnormales, que al menos ellos no tienen elección) y decirle claramente que deje de molestar a los demás. Pero esta enfermedad que tanto nos corroe a la gente de hoy en día, esa dolencia por lo políticamente correcto, por ser “guai” y por no limitar la libertad ajena (sin darnos cuenta que al mismo tiempo estamos estrangulando la nuestra), sumado al miedo (porque, hoy en día, que alguien te suelte una hostia a la primera de cambio no es, por desgracia, nada anormal) hace que la gente “corriente” nos callemos como putas. Nos jodemos, nos aguantamos y miramos hacia otro lado, a la espera de que dicho subnormal se harte de joder la marrana y canse o se vaya. Cobardes es la única palabra que se me ocurre para aplicarnos (ya que yo soy uno de ellos).

Cómo admiro a esa gente que no tiene pelos en la lengua. Esos que cuando van a un restaurante no tienen complejos en decir que algo no está a su gusto, mientras otros no nos quejamos (aunque tengamos razón) por vergüenza. Esos que son capaces de decirte a la cara cualquier cosa sin tener que estar toda la noche sin dormir pensando en cómo te lo dirán. Esos que, cuando van al cine y alguien no deja de hablar o dar patadas por detrás, se giran a la primera de cambio (y no sólo cuando la situación es insostenible) para decirle al molestador que deje ya de dar por el saco. Esos que, cuando tienen alguna queja o reclamación, van a esta el final y realizan las acciones necesarias, seas cuales sean, para conseguir su licito objetivo (mientras que otros, por no meternos en líos o no invertir el tiempo necesario, lo “dejamos pasar”). Esos que, cuando estás en un transporte público y un desperdicio humano lleva el móvil o el mp3 con su música a toda pastilla, son capaces de recriminarle. En definitiva, esa gente que cuando hace algo, no piensa tanto en el interés ajeno como en el suyo personal.

Por favor, que alguien invente una pastilla que cure el exceso de empatía. O una que elimine la sensación de que estás viviendo en un mundo que no te corresponde, porque ves que las personas como tú (con ciertos principios morales, de educación y respeto) son minoría. Aquí, un servidor, será un cliente preferente para el resto de la vida.


Acerca del autor Ver todos los posts Web del autor

Juanjo

Me llamo Juanjo y en un sucinto resumen se podría decir que soy un informático adicto a las series, el cine y la lectura, además de apasionado por los ordenadores, móviles, gadgets, internet, videojuegos… lo que viene a ser un geek ;).

  • Suscribo totalmente lo que dices. Me siento identificado punto por punto con lo que expones. Mira que intento cambiar, pero me cuesta muchísimo trabajo. Desde luego este país es el reino de los maleducados. Está más que comprobado que el que más grita es al que primero y mejor se atiende. Así nos va, porque además a estos tipos les sale bien la jugada y les resulta rentable ir por ahí pisando a los demás. Sumamente triste.

  • Bueno, espero que, al menos, te hayas quedado bien a gusto. Eso sí, en mi opinión lo tuyo no es un exceso de empatía (que no dudo que la tengas), pero si un exceso de urbanidad 😉 Yo también soy quizás “demasiado” respetuosa con los demás, empática dicen que soy… peeeero si tengo que poner a la gente en su sitio la pongo.
    … Claro que me ayuda el haber trabajado tanto con niños pequeños, a estos elementos que nos has descrito les adjudico automáticamente edad preescolar y el disciplinarlos me sale solo 😉 Todo es cuestión de práctica…

  • Amen.

    Veo que no estoy solo en el mundo.

  • Pingback: La gente en las bibliotecas « Blog de Maquito()

  • En fin, veo que la biblioteca la a la que voy no es la única que tiene usuarios “especiales”.

  • Homotecno

    Hola, muchas gracias a todos por los comentarios. Yo también me alegro de comprobar que no estoy solo 😉

    Acabo de releer el pedazo de tocho que he escrito, y como siempre me suele suceder ha servido para hacer algunas mínimas correcciones referentes a la repeticion de palabras. Y es que también me tendría como cliente preferente aquel que invente una pastilla que evite la clonación de vocablos a pocas frases de distancia.

    Está demostrado que aunque lo releas varias veces, no verás los fallos hasta que lo vuelves a revisar al cabo de unas horas.

  • Wides

    Vay veo que las bibliotecas siguen igual despues de doce años,habia uno en la que yo iba que se ponia los Walkman y cantaba canciones que escuchaba;de Antonio Molina.

  • Oh sí, las maravillosas bibliotecas… y los especímenes que “moran” en ellas.

    Yo también me identifico con tu post, lo que me hace recordar las tardes enteras de invierno que pasé delante de los libros mientras escuchaba el taconeo de los zapatos de varias chicas que se pasean por la biblioteca como si fuera la discoteca de moda, de mesa en mesa hablando con sus compañeras y ligando con el de la silla de al lado.

    Una falta de respeto, y de las grandes. Un afectuoso saludo cargado de paciencia 🙂

  • Mara

    A mí me encanta escuchar cómo aporrean el teclado mientras están en el messenger. Tú ahí amortiguando hasta las pisadas y al fondo hay una conga montada.

    Un día me quedé planchado cuando una de las bibliotecarias me llamó la atención porque decía que se oían los auriculares que llevaba (mejor dicho son intrauriculares, que van metidos y te permiten llevar el volumen más bajo que con los habituales). Ese es nuestro problema, que ni tenemos autoridad para llamar la atención (tener no en el sentido de que nos la hayan concedido, sino la capacidad de hacernos respetar) y que hasta no sabemos cómo recriminar algo sin que se vaya a montar un pifostio que sea peor que la propia jarana que están montando. Pero creo que todo es empezar y que cuando te lances la primera vez a hablar claro pero respetuosamente, la inercia nos llevará a no dejar que este tipo de gente campe a sus anchas sin ningún reproche. Puede que a veces incluso no sean conscientes de qué estaban haciendo mal (como me pasaba con los intrauriculares).

  • Yo si me molesta lo digo (a la tercera o a la cuarta, pero lo digo).

    El gran problema es que durante su periodo formativo (su infancia y juventud) a esa gente no se le ha enseñado buenos modales (ni higiene, ni educacion), y ahora es mas dificil.

    Por eso, cuando veais a un crio haciendo una cafrada no os quedeis parados, reñidle (aunque no sea vuestro hijo, sobrino, etc) mientras aun teneis cierta autoridad sobre el, es posible que eso ayude a que no sea un cafre de mayor.

    Lo curioso del asunto es que yo conozco una persona, con carrera superior y al que se le supone una cierta cultura y saber estar, que muchas veces tambien huele (mas bien hiede) que confunde… El desodorante es articulo de lujo para el.

  • Jose Luis

    Como mucho me identifico, pero con una salvedad yo soy esa “clase” de persona que no tiene problemas en decir las cosas, antes era como tu pero un dia harto ya empecer a poner a cado uno en su sitio y le vas cogiendo el gustillo y cuando te das cuenta es una costumbre, prueba un dia y veras lo bien que te sienta.

  • Totalmente de acuerdo. Yo soy otro como tu que se calla por no molestar o por pura educación, cosa que se ve que falta ¨a capazos¨ ultimamente.

    A veces desearía hacer mia esa frase de ¨cuanto gilipollas y que pocas balas¨ y empezar a disparar, luego recuerdo quien soy en realidad y paso del tema..

  • Homotecno

    Brusete, esa misma frase no puedes ni imaginar la de veces que me pasa por la cabeza… Ford Fairlane sí que se lo montaba bien 😉

  • Homotecno

    Muchas gracias a todos por los ánimos 😉

    José Luis, espero que me pase igual como a ti y que no tarde mucho, que la edad ya empieza a apretar…

    Kullman, el tema de los olores y la higiene personal tengo demostrado, a lo largo de los años, que no entiende de posición social. Como dices, hay gente que se le supone una cultura y una educación y luego cantan que “da gusto”.

    Mara, te digo lo mismo que a José Luis, a ver si un día de estos me hago el ánimo, seguro que todo es empezar.

    Atenea, precisamente el tema de los taconazos prácticamente no lo he observado, siempre que se habla de bibliotecas y de los bichos que te puedes encontrar en ellas sale el tema de los tacones pero como digo, por lo menos por ahora, no ha sido el caso.

    Wides, lo de Antonio Molina… “ma matao”

  • Sebastián

    El problema es que hay ente demasiado maleducada en muchos ámbitos. Uno es comprensible y puede admitir ciertas cosas, pero es que a veces se pasan de la raya. Lo ideal sería que todos demostraramos la queja pertinente, pero es que da flojera…….

  • Pautor

    Muy buena entrada… Aquí va un mensaje de ánimo: La famosa pastilla “anti-empatia” es absolutamente innecesaria. Con el tiempo, la edad y la experiencia, ese defectillo nuestro, acaba desvaneciéndose por sí solo. El tiempo y la edad, hacen que se nos agrie un poco el carácter (aunque para algunos sea difícil) y que lo que piensen los demás vaya pasando a un segundo plano de importancia.
    Por otro lado, la experiencia nos dice que si aguantas demasiado pueden pasar 2 cosas:
    1- Que te salga una úlcera (explotas por dentro) o
    2- Que líes la de Sanquintín de forma totalmente desproporcionada, inoportuna o ante quien no tiene culpa de nada (explotas por fuera)…

    Así que muchachos… a practicar… A cadacual lo que le corresponda y yo a dormir tranquilo.

    Salut i força.

  • Glock
  • Manuéeé

    Otro más que se une al club. Y no sé vosotros, pero la “paz interior” que se consigue sabiendo que eres fiel a tus principios, educación, moral,… al tratar a los demás como desearías que te trataran a ti, anteponiendo la mayoría de las veces los intereses ajenos a los propios,… empieza a NO COMPENSAR.

    Yo estoy empezando a estar hasta la gaita. Es difícil, muy difícil encontrar gente así (hoy la humildad no va a ser una de mis virtudes, si es que tengo alguna, ya está bien). La gente sólo piensa en recibir y no dar nada a cambio.

    El ejemplo de la biblioteca es perfecto. Yo llevo sufriéndolo más años de los que me gustaría, y sólo he explotado una vez (y casi la pago con mi mejor amiga), y no me fue nada bien la verdad, yo no sé ser así…

    Termino dejando una frase que es una verdad como la copa de un pino, y que tengo apuntada desde hace varios años:

    No esperes jamás más recompensa y satisfacción que la que te reporten tus actos, no delegues tu felicidad en manos ajenas.

    Un saludo.

    PD. Si además de ser gilipollas, eres “informático” (como dice la gente, da igual que tengas una carrera o que seas Historiador), doblemente gilipollas.

  • Manuéeé

    Que conste que con compensar no me refiero a hacer cosas para recibir algo a cambio o para que los otros las hagan por ti en un futuro, o para tener al karma contento eje. Quiero decir, que está visto que ser un cabrón (con perdón), sale mucho más “rentable” en todos los aspectos por lo visto (y el tiempo no pone a nadie en su sitio).

  • jotape

    Buenas!!
    Ante todo comentar que hace tiempo que te leo en la sombra y que me gusta como comentas las cosas, más que nada porque son bastante didácticas y enseñan muchas cosas a los que irremediablemente tocamos los cacharros tecnológicos…

    Por otro lado, no he podido resistir comentar esta fantástica entrada, no tan sólo para dejar constáncia que me siento totalmente identificado con lo que explicas, sino también para comentar que desgraciadamente (esto lo digo por experiéncia propia)el ‘comerse’ las cosas no es nada bueno… ese veneno te lo terminas tragando tú y te va corroiendo las entrañas…

    Como bien dices, tenemos el problema de por( llamémosle educación) no decir las cosas y, llegado a un punto, explotamos y decidimos cambiar. Lo hacemos durante unos días o semanas, pero somos como somos y siempre volvemos a ser los ‘amables’ de turno.
    El problema es que a la larga, que es lo que me ha pasado a mí, la cosa empieza a afectarte no sólo emocionalmete (porque te sientes un imbécil), sino también fisicamente. Yo arrastro problemas de nervios que me podría haber ahrrado por abrir la bocaza de vez en cuando y dejar salir toda esa ponzoña (siempre y cuando esté totalmente justificado).

    El caso es que hace un tiempo y harto de comerme la mierda de los demás (perdón) decidí cambiar… pero esta vez de verdad y pienso que lo he conseguido. Cómo no, todavía guardo mi parte ‘amable’, esto no pienso perderlo, sólo que si tengo que decir las cosas, las digo, con buenas palabras… pero las digo!!

    Y lo que terminó por afirmar esta decisión, fue tras hablar con mi madre, precisamente la persona cabal y ponderada que me había inculcado las buenas maneras y el ‘meterme la lengua en otro sitio’… el caso es que ella (y tras pasar anteriormente por un período exactamente igual que el que acabo de pasar yo) me comentaba que ya estaba harta y que no iba a aguantar ni un miligramo más de nadie que no se lo mereciese.. y que, desde entonces, no es que todo le fuese mejor, pero estaba más a gusto con ella misma (que es de lo que finalmente se trata.

    Probad, es muy sencillo y, tal y como comenta alguien más arriba, al final, terminas cogiéndole el gustillo. Y con eso no me refiero a volverse un cascarrabias, las cosas en su justo momento y medida… prefiero que me tomen por un borde que por un ‘pringao’.
    Además pondré un ejemplo (que no sé si a vosotros os pasa), pero pensad si con vuestros familiares (mujer, hijos, padres, hermanos…) os pasa igual… porque el colmo es que yo a ellos les suelto todo y si me tengo que mosquear lo hago… cuando más se merece un cabrón al que no conoces de nada que te está jodiendo la marrana puntualmente… vamos que la confianza da asco y que si a mi hijo lo regaño por tonterías ¿no voy a hacerlo con el cabrón del hijo del capullo del vecino?

    (Perdón por tanta palabrota, es parte de la terapia, jaja).

    Por último me despido con un glorioso ejemplo que ya me pasó hace algunos años , pero del que me quedé más ancho que la Gran vía:
    Estabamos viendo ‘Las tres torres’ en el cine, imaginad, una película de tres horas de duración a la que acudes para disfrutar plemanente.
    El caso es que, al rato, empecé a notar unos golpes en la parte trasera del asiento. Al principio no le dí mayor importáncia aunque al cuarto de hora ya empezaba a estar harto.
    Prácticamente a la media hora de haber aguantado como un campeón, la gota que colmó el vaso, fue el tremendo golpe que propinaron a la silla de mi mujer, la cual incluso se tambaleó hacia adelante.
    En el fulgor de la batalla de los Orcos contra nosequién, me levanté y le dije al sujeto en cuestión que el próximo golpe que iba a sonar era en su cabeza, cosa a la que el sujeto en cuestión me respondió que lo estaba haciendo sin querer (sin querer evitarlo). Cual fue mi sorpresa cuando vi que no era un niñato, ni un pintas, sino todo lo contario, un matrimonio joven, que no pareciese que lo estaba haciendo por chinchar…
    Por otro lado pensé que podía haberme excedido y que podía estar equivocado, pero estoy completamente seguro que no fue así y si el tío no se daba cuenta, había que hacerselo saber.
    El caso es que me dio igual y, seguramente, yo fui el que quedé como el intransigente, el borde y el pintas (las llevo), pero en mi puñetera vida me he quedado más ancho y pude ver las dos horas y media restantes de película, más tranquilo que todas las cosas.

    Ciao y perdón por el ‘tochaco’!!

  • Homotecno

    jotape, muchas gracias por tu comentario, lejos de parecerme “tochaco” (como tú dices) ha sido una lectura muy provechosa, cosa que puedo decir de todos y cada uno de los comentarios que me habéis dejado en este post.

    Creo que, vista la cantidad de gente que tiene el mismo “problema” que yo, podríamos fundar una especie de “empáticos anónimos”: “Hola, soy Homotecno, y tengo un problema de empatía desproporcionada” jejeje.

  • aBG

    Me he encontrado por casualidad con este blog, y aunque el post es algo antiguo, no me he resistido a dejar un comentario. Yo también soy de esos que se lo piensan dos veces antes de recriminar a alguien una actitud poco respetuosa, aunque creo que no de una manera tan pronunciada como algunos otros comentarios reflejan. Personalmente, si tengo meridianamente claro que alguien adopta una actitud insolidaria deliberadamente no me lo pienso mucho, y protesto de la manera que creo que va a ser más eficaz para arreglarlo (ya sea directamente ante esa persona o ante otras con poder para arreglar la situación). Eso sí, siempre intento que sea con frialdad y con educación (como mímimo en primera instancia), porque ¿con qué derecho le vas reprochar a alguien ser poco respetuoso si tú no lo eres cuando le recriminas? El problema viene cuando hay alguien que te perjudica pero no tienes del todo claro si es con mala intención o no. En esos casos reconozco que me lo pienso mucho.

    Coincido con lo que ya se ha comentado en que, desgraciadamente, abunda mucho la actitud de hacer lo que te venga en gana aunque con ello perjudiques injustamente a otros (incluso hay gente que disfruta haciéndolo deliberadamente). Pero, y sin animo de hacer de abogado del diablo, también creo que hay bastante gente que por sistema recrimina a los demás de manera desproporcionada y poco tolerante. Las actitudes ajenas no son reprobables sólo por el simple hecho de que le molesten a alguien, sino que lo son en función de si son justas o no. Lo que quiero decir es que los dos extremos existen, como no podía ser de otra manera. Y ambos comparten el poco respeto por los demás.

    También me gustaría comentar que, como ya se ha apuntado en algún otro comentario, un problema que a veces tenemos la gente que aguantamos ciertos abusos por educación, es que cuando perdemos la paciencia a menudo reaccionamos desproporcionadamente y contra alguien que tiene poca culpa o que quizá no la tiene en absoluto. Y es que el hecho de haber soportado muchas veces situaciones injustas no te da derecho a ser injusto. A mí me ha pasado y también he presenciado varias veces casos así de terceras personas. Y creo que un claro ejemplo de ello es lo que nos cuenta jotape en su comentario (su reacción en el cine). Amenazar o faltarle al respeto a alguien como primera reacción por algo que no es seguro que sea deliberado y/o malintencionado no es justificable… quizá sea comprensible para los que somos similares en este aspecto, pero en absoluto justificable. Creo que una reacción así te quita gran parte de la legitimidad que puedas tener para recriminar a alguien, y sólo es aceptable en casos muy extremos. Y reitero, lo digo desde la propia experiencia, que yo también he tenido reacciones parecidas… e igual de equivocadas, por muy ancho que te quedes.